La inocentada que más recuerdo es la que me organizaron unos familiares en mi villa natal de Xinzo de Limia (Ourense). Corrían los años 50 de un recién estrenado y crudo invierno galaico y, ante mi ignorancia, el calendario señalaba que era 28 de diciembre. Confiado y, sobre todo, muy abrigado, salí a la calle. Pronto me percaté de que alguien me llamaba a lo lejos. Era Gonzalo Peláez, primo hermano de mi madre, que a la puerta del comercio de tejidos que regentaba, junto con su hermano Juletas, no paraba de hacerme gestos con la mano para que me acercara.
Recuerdo que por allí también andaba mi primo Quinito y
alguien más. Debidamente compinchados, me propusieron que fuera al estanco de
"Las Sabidillas" (me señalaron la dirección) y que comprara un paquete de
tabaco, pero que tenía que ser de la marca "Sabidillas", con la firme promesa
de que, a la vuelta, me recompensarían con una peseta, entonces todo un
fortunón para un niño de ocho u nueve años.
No me lo pensé dos veces y, con paso decidido, para allá me encaminé y, una
vez dentro del establecimiento, no me corté ni un pelo y reclamé el pedido que
me acababan de hacer. Fue entonces cuando observé que la dueña del estanco,
una viuda con muy malas pulgas, se adentró en la trastienda del negocio y,
escoba en ristre, salió de detrás del mostrador y me corrió hasta el espolón
de la plaza, sin dejar de darme escobazos y de gritar al unísono: ¡¡¡Toma
sabidillas, sinvergüenza!!!
No es necesario aclarar que, en mi olímpica carrera, mis pies no tocaban el
suelo, por cuya razón, la enfurecida estanquera apenas logró arrearme un par
de escobazos. Sobre el resto de la historia, ya se la pueden imaginar. Con el
inevitable sofoco a cuestas y con cara de muy malos amigos, exigí a mi
pariente la prometida comisión, advirtiéndole que si no lo hacía así, no le
devolvería el duro que me dio para pagar el envenenado paquete de marras.
Al final, la cosa se resolvió pacíficamente, pero lo que más me humilló fue el
coro de risotadas que sentí a mi alrededor, mientras no paraban de repetirme
aquello de "¡inocente, inocente!". Sin embargo, esta experiencia no fue
suficiente escarmiento. Al año siguiente, prácticamente los mismos
protagonistas, me encargaron que fuera a recoger "la piedra de afilar las
agujas" a los "Almacenes Díaz", que distaban bastante de "La Perla", el
comercio de los hermanos Peláez.
Al llegar a mi destino, el tal Díaz, previamente alertado de la broma, me
endosó un saco, en cuyo interior había una piedra de considerable peso. No les
cuento el epílogo de esta segunda inocentada, porque mi autocensura no me lo
permite. Lo curioso de todo es que, con el paso del tiempo, fui a recalar a
Catalunya, donde me casé con una persona que responde al nombre de Inocencia
(Ino, para los amigos).
Siempre que rememoro este suceso, acude a mi mente la delirante escena de una
película italiana de hace unos años, en la que el protagonista se llamaba algo
así como Cornelio Caprone y que sospechaba que su santa esposa le engañaba con
su mejor amigo, quien le reprochaba que con semejante nombre y apellido estaba
"predestinato".
Y, de esta manera, un tanto agropecuaria, es como se divertía la gente, en
tiempos de la "Longa noite de pedra", tal como dejó esculpido el gran escritor
gallego, Celso Emilio Ferreiro.




